Plaza de la Encarnación
Hemos encontrado el camino
un dÃa deshojado de tiniebla.
Hemos estado allà bajo el gran olmo
custodio del pensar de un muerto célebre
cuidador de gorriones.
Nos hemos detenido allà a eternar
con las piedras del suelo y las campanas
en memoria del jazmÃn y la orquÃdea,
casi olvidados del creciente invierno.
Existe pues la plaza, pero un dÃa
tratamos de mostrarla y no aparece
como si la ciudad tuviera
vergüenza de entregar lo bello.
Nos ha dejado estar en ella solos:
se esconde si queremos compartirla.
Fugada reaparece en la otra plaza
pidiéndonos sin voz le restauremos
su Ãntimo esplendor de nacimiento